Imaginen un grupo de hombres, mujeres y niños, sucios, harapientos, hambrientos, bárbaros y sobre todo temerosos. Presos de un miedo nacido en la ignorancia y por lo tanto terrible, irracional. Un temor universal. Un pánico abstracto que vaga en el aire, exalta la noche incomprensible, silva en el silencio de las campiñas y gira en el viento que brota del seno de la nada para acariciar o destruir conforme a sus secretos caprichos. Un terror que se hace corpóreo en los bandidos, las invasiones, la inanición, la plaga y la tormenta. Hombres frágiles, embargados por un pánico absoluto a la ira del Dios sobrenatural y eterno, y aún más a su brazo terreno; ese formidable apéndice inquisitorial de hierro, filo y fuego, tan largo, tan feroz y omnipotente que fue capaz de aplastar brujos y templarios. Aterrados también por la fantástica y real presencia de espantos, dragones de carne, agua y fuego, devastadores gigantes, brujos y basiliscos de mirada de piedra.
Supongan como esta gente se reúne y agacha la cabeza para acogerse a la helada protección feudal. Como se oprimen tras las pétreas murallas en busca de un amparo tan ficticio en la práctica como palpable en sus mentes en ayuno. Piensen en la forma en que este hacinamiento de tiránico resguardo los unifica, al mismo tiempo que sus terrores, folclore y supersticiones locales acoplan sus distorsionadas percepciones. Teniendo esta imagen en la mente, figúrense entonces, la reacción de este grupo ante la presencia de extranjeros, de extraños, de la gente de afuera, de los que viven tras los muros feudales. Su natural desconfianza, su aislacionismo de voluntad obligada, su incoherente y a la vez lógica desconfianza a los de que vienen de la difusa hostilidad reinante tras las murallas.
Retrocedamos unos siglos.
Pongámonos en la piel de un grupo de orgullosos patricios que contemplan la gloria de su Imperio desde la atalaya más alta de los muros fortificados de Constantinopla. Hombres que observan relajados, permitiendo que la brisa que explican y que por lo tanto les pertenece les cincele la piel; parados sobre murallas de piedra y mármol que se ríen en la cara de los arietes, del fuego griego, de las catapultas; muros que bajo la tostada mirada de Escipión, se burlan de Anibal y sus paquidermos alpinistas. Paredes poderosas por la fuerza de su concreto, aunque más hercúleas por su espíritu. Murallas racistas y presuntuosas, erguidas por la pureza de la sangre romana con glóbulos olvidados de etruscos y griegos, ornamentadas por la retórica del cultivado sofismo, sostenidas por eternos caminos y regadas por acueductos serpenteantes. Es fácil entender el paternal desprecio que estos altivos hombres sienten por aquellos semihumanos que pululan su barbarie del otro lado de los muros de civilización y roca. En su aliento latino, en el arrogante descampado de su frente, en la estudiada magnificencia de sus miradas y hasta en el libertino aroma que despiden, se adivinan los años luz que los distancian de los que viven más allá de sus murallas.
Ahora saltemos edades hacía el futuro. Traguemos siglos para entrar en la Era de las Comunicaciones y ser arrollados por un torbellino de medios eléctricos que unen revelando las diferencias en toda su pureza. Detengámonos en un grupo de chicas. Algunas se conocen desde que no ascendían más de un metro del suelo (otras nunca lograron elevarse más que eso, pero esos detalles menores ahora no nos interesan), las demás se fueron integrando también muy jóvenes. El grupo se forjó en la aletargada dinámica contemporánea, deslizándose a la par de los avances tecnológicos y escalando junto al tiempo las ruinas de boliches que se derrumbaban para dejar lugar a otros que se caerían más adelante. El mundo es diferente en apariencia. Las murallas de concreto dejaron de existir, mutando en pactos y tratados, por lo que la gente, sin su amparo palpable, comenzó a erigir sus propias paredes.
Estas chicas no usaron para levantar sus muros ni cemento, ni piedras, ni barro, ni ladrillos. En primer lugar, porque no hubieran sabido manipular esos materiales, pero sobre todo, porque descubrieron componentes mucho más sólidos. San Jorge les quiso obsequiar un enorme celofán de hermetismo, que tomaron solo en parte, hendiéndole algunas incisiones para que entre el aire, confeccionadas con viajes y sentido común traído de la cuna. Adam Smith les ofreció grandes postes para elevarse a los cielos, pero por suerte, tengo la certeza de que los rechazaron de plano. Cada una puso un poco de la materia de su casta, y el resto lo fueron forjando juntas, día a día, año a año. El resultado final quedó bastante firme; y también elástico, lo suficientemente flexible para expandirse por el globo para acompañar a la que se separaba y dejarla siempre al amparo del muro. Por supuesto, también crearon una puerta de entrada, pero no de salida, aunque pese a que el acceso de terceros es permitido, ganarse la ciudadanía es cuestión realmente escabrosa. Yo creo ser de esos que se colaron por haber sentado cabeza con una nativa, pero toda vez provengo de afuera, de atrás de las murallas, reinita, es me puse ese nick que si no es simpático, al menos es descriptivo.